Ahora la pregunta clave: ¿por qué hoy día la mayoría de los ignorantes son pobres? Nuestras principales figuras artísticas y culturales de años pasados pertenecían a la más selecta clase pobre, sin embargo ese detalle no les impidió descollar en gran estilo en la actividad elegida. José Asunción Flores era pobre. Y rozaba la marginalidad. La oportuna oferta de un policía, de notable sensibilidad si atendemos los hechos, le ofreció un puesto en la banda de la Policía, dirigida por uno de los maestros italianos traídos ad hoc a principios del siglo XX. No pasó mucho tiempo para que Flores tocara con cierta destreza el trombón y se la arreglara solventemente con el piano, además de toquetear otros instrumentos. La música lo ganó al niño de incierto destino. Y el niño ganó la música como lanza, escudo y caballo, para acometer empresas ni siquiera soñadas un tiempito atrás. De aquella anécdota protagonizada por un oficial de policía y un niño a caballo entre las travesuras propias de su edad y su condición económica, acabó surgiendo uno de los más grandes músicos y compositores paraguayos. ¿Cuál es el punto? – preguntará usted. Flores no era un ignorante de esos irrecuperables.
Pero volvamos al asunto de la ignorancia y la pobreza. Por qué antes la pobreza no era obstáculo para el desarrollo intelectual, y ahora sí lo es. ¿Tanto descendió el nivel de la enseñanza escolar? ¿El entorno social del pobre es negativo para su crecimiento? ¿El pobre está orgulloso de su nula educación? Y que conste en acta que no digo que soy rico. Ni mucho menos. Soy un pobre peso welter. Categoría que hace lucir como un clásico griego al welter que se compara con un peso completo de la bestialidad. Observen si no a algunas figuras públicas que ni siquiera pueden urdir una excusa digerible para explicar un viaje de fin de año con viáticos del Parlamento. Y aquí acabó el espacio.
Por Moneco López
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