Una jueza paraguaya emitió la primera condena por acoso escolar en Paraguay contra dos menores que hostigaron durante seis años a una compañera de aula, según informó hoy la abogada de la víctima.
 Las culpables, dos hermanas que actualmente tienen 16 años, deberán someterse a terapia psicológica en la Universidad Católica de Asunción y realizar trabajos sociales una vez al mes durante seis meses, según el fallo de la jueza de la Niñez y la Adolescencia Graciela Rolón Cardozo, emitido el pasado 29 de agosto.
 Además, sus padres deberán evitar que se acerquen u hostiguen a la víctima, según su abogada, Flor de Buccini, quien informó este martes del caso.
 Desde los 10 años, la niña era agredida con palabras ofensivas por sus dos compañeras de clase, que también la acosaban a través de las redes sociales, lo que la aisló completamente en la escuela y le llevó a plantearse “para qué vivir”, dijo De Buccini en la radio Primero de Marzo.
 El caso fue denunciado ante el consejo de padres y alumnos de la escuela privada donde ocurrieron los hechos, pero la institución educativa “no hizo nada”, relató.
 “El colegio quedó ciego, sordo y mudo a esta problemática”, se quejó la letrada, quien no lo identificó.
 La víctima cambió de escuela, pero el acoso continuó, según la abogada, por lo que en marzo del año pasado se decidió a denunciarlo ante la Justicia.
 Paraguay cuenta con una ley contra el acoso escolar desde julio de 2013, pero no se aplicó en este caso porque los hechos ocurrieron antes de su entrada en vigor, dijo De Buccini.

Soja vs. calidad educativa

Los simples mortales no podemos entender muchas cosas. Por ejemplo, estamos entre los primeros diez países mayores exportadores del mundo de soja y carne vacuna, pero… también figuramos entre las naciones más pobres y con población menos educada del continente. Si uno recorre los shoppings de moda y ve los hermosos edificios en altura nuevos o en construcción, parecemos pertenecer al Primer Mundo, pero… aquí nomás, a la vuelta de la esquina, hay miles de niños pordioseros, familias completas hacinadas bajo carpas de hule y la mitad de nuestros jóvenes no ha concluido la educación media.

Como sociedad, algo grave no está bien. Alguna cuestión estructural y fundamental está mal. Si al año producimos 9 millones de toneladas de soja y 300.000 toneladas de carne, ¡caramba, esto podría alimentar a 30 millones de personas! Entonces, si apenas superamos los seis millones de paraguayos, ¿por qué hay tanta gente entre nosotros que sufre hambre?

Cambiando radicalmente de escenario, Japón Taiwán y Singapur son tres países pequeños, con territorios rocosos, nada propicios para la agricultura ni la ganadería, sin riquezas minerales en sus entrañas, pero… figuran entre las naciones con menos pobres en el mundo, con pobladores de muy altos ingresos per cápita. A excepción del pescado, importan casi todos los alimentos que consumen.

La paradoja es simple: aquí tenemos alimentos en abundancia, pero hay muchas personas que sufren hambre. Allá, no hay producción de alimentos, pero la mesa bien servida está puesta para todos. Esta es la verdad, no es un cuento chino. Entonces, ¿cuál es la fórmula mágica de los asiáticos?

Usan la cabeza, piensan, hacen trabajar el cerebro. Como no tienen mucha tierra fértil para cultivar (nosotros, sí) y tampoco poseen buena pastura para criar ganado (nosotros, sí), entonces empezaron a tomar con seriedad e intensidad la educación de calidad de su población. A subsistir como se pueda, mientras los jóvenes estudian en el país y en el exterior. No podían cultivar la tierra pero sí el conocimiento. La decisión tomada dio sus frutos. Hoy sus laboratorios de ciencias y tecnología venden los productos del conocimiento a todo el mundo.

De esta improvisada comparación, saquemos dos lecciones básicas: 1. Si apostamos a crecer solo con más exportaciones de soja y de carne, la mayoría de nuestra gente nunca saldrá de la pobreza. 2. La educación de calidad para todos, como mínimo hasta tener una profesión de mando medio, es el único camino para que la sociedad en su conjunto progrese.

Si todo el territorio nacional estuviese cubierto de soja y de ganado, eso traería mucha riqueza quizás a un millar de familias. Si toda la población hubiese pasado con éxito por una educación de calidad, tendríamos a unos seis millones de paraguayos realizados como personas y no millonarios pero sí con lo suficiente para gozar de una vida confortable. Si los “Tigres del Asia” lo hicieron, ¿por qué nosotros no podríamos lograrlo?

Por Ilde Silvero
El feminicidio de una adolescente de 17 años, violada, torturada y estrangulada, a lo cual debería de sumarse la despiadada actitud de un empleado de una funeraria, quien se hizo “selfies” con la fallecida, invita una vez más al creciente fenómeno de la violencia contra las mujeres.
Para combatir esta problemática social, tenemos que trabajar como sociedad en todos los ámbitos. Según la ministra de la Mujer, el nivel de violencia ha adquirido niveles tan alarmantes que incluso se extienden hacia otros miembros de una familia y, además, las estadísticas actuales son una elocuente muestra de ese avance: Hay casi un feminicidio por semana.
La violencia hacia las mujeres y niños no puede ser considerada ya “un tema que les interesa sólo a las revistas de mujeres y a la prensa amarilla”, como muchas veces hemos escuchado desde algunos sectores. Tampoco es una “cosa que le pasa a la gente marginal” porque, a pesar de que los casos ocurridos en sectores populares se visualizan con mayor amplitud, sabemos que existen muchísimos más casos que ocurren a diario en los ambientes sociales más elevados y que la mayoría de las veces son acallados por la influencia de los protagonistas y pocas veces llegan a judicializarse.
También es hora que los medios masivos de comunicación aprendamos a manejar el lenguaje adecuado para referirnos a este tipo de casos, cuando debemos informar, evitando revictimizar a quienes padecen este tipo de dramas y sobre todo, dejar de asumir posiciones poco claras ante los hechos.
¿Cuántas veces, ante un cruel asesinato de una mujer, sus hijos y otras personas de su entorno, a manos de un hombre que era o fue pareja, padre o persona cercana, los medios no nos apresuramos a hablar de “ataque de celos” o “no soportó el abandono” , cuando nos referimos a la supuesta razón por la que el victimario cometió el crimen?
Tal vez deberíamos aprender a dejar de lado las palabras que atemperan los hechos de violencia ante la sociedad y nos ponen en el triste papel de testigos silenciosos de hechos que deberían causarnos genuino rechazo. Dejémosle las justificaciones que hablan de supuestas enfermedades mentales repentinas de los autores, a los abogados defensores de los autores que suelen encontrar el camino adecuado para liberarlos de largas condenas.
La violencia intrafamiliar no sólo ofrece el doloroso espectáculo de mujeres con moretones en la cara y el cuerpo y la mirada perdida, sino daños muy difíciles de reparar en los hijos e hijas que son sometidos al castigo de criarse en un ambiente dañino y, a veces, causante de irreparables daños en la personalidad que les embargan el futuro.
Por ello, es hora de pensar con mayor responsabilidad desde el Estado en ese tema como un problema social de graves consecuencias y no en una “cuestión cultural” que no tiene mayor incidencia en lo que es importante para el desarrollo integral del país.
La violencia intrafamiliar es una cuestión seria y su solución es muy difícil, pero por eso no se puede soslayar la implementación de programas preventivos, que involucren a la sociedad toda, especialmente a la educación que reciben niños, niñas y adolescentes y en la sensibilización de las comunidades.

http://diariolajornada.com.py/v6/category/editorial/
Un lector de Encarnación, días pasados, preguntó a través de un email qué enseñamos a nuestros hijos con los bailes eróticos, haciendo alusión a los espacios televisivos y otros shows que muestran esa clase de espectáculos.

Dice Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura, que en la actualidad vivimos el mundo del show y del espectáculo, donde todo es color, brillo y mucho ruido. No hay tiempo ni lugar para charlar, analizar o profundizar sobre temas importantes, porque se tocan asuntos frívolos, chismes y escándalos. En ese contexto, aparecen los realitys, que son espacios de competencias, de músicas y bailes, donde no importa tanto el arte, como expresión de belleza, sino mostrar el cuerpo, prácticamente desnudo, donde los movimientos eróticos resultan pornográficos.

Estos programas, cuyos formatos se copian del extranjero, supuestamente se emiten fuera del horario de protección infantil, pero bien sabemos que los chicos permanecen despiertos hasta altas horas y, además, en esa misma hora los viernes hay un espacio para chiquitos y chiquitas de canto, danza y otros talentos infantiles. De manera que pedir que los pequeños no queden frente al televisor después de las 9 de la noche es misión imposible.

La televisión sigue siendo un medio audiovisual poderosísimo, que llega a todos los estratos sociales y siempre los estudiosos de la conducta humana discutieron sobre su incidencia en los comportamientos de la gente. En especial, algunos psicólogos y educadores debaten sobre su influencia en los niños y jóvenes, que todavía no tienen madurez o formada sólidamente su personalidad. Realmente, la televisión influye, no solo en el público infantil o juvenil, sino en personas mayores.

Si recurrimos a la historia vemos que en las culturas primitivas la danza y la música, eran verdaderas expresiones de arte y de belleza. Se practicaban con el fin de obtener un disfrute estético y un goce espiritual. En las Sagradas Escrituras están los salmos, unos cantos del rey David, el cantar de los cantares y tantas maravillas más que deleitan el alma.

Además, las culturas primitivas nos enseñan que la santidad del cuerpo es central para la celebración de la vida. Todavía sobreviven las tribus o los grupos humanos donde el cuerpo es centro de veneración. Tanto que casi todas las religiones (incluso la católica) consideran que el cuerpo es un templo sagrado.

En la celebración de la vida a través de los rituales de bailes y canciones nuestros ancestros dieron gracias por la lluvia, el viento, el sol y las cosechas de los alimentos. No es raro que incas y aztecas construyeran templos para adorar a sus dioses. La danza y el canto están presentes en todas las culturas como auténticas expresiones artísticas. Los pueblos, a lo largo de su historia, se esmeraron por presentar lo mejor en vestimentas, movimientos, cantos e instrumentos musicales para celebrar la vida, en todas sus facetas.

Hoy estamos muy lejos de las culturas primitivas. Tantos siglos han transcurrido y algún tipo de danza y canto se presenta de forma erótica. ¿Qué enseñamos a los hijos con esto?

Nada edificante para su crecimiento espiritual. Lastimosamente, se les enseña que el cuerpo de la mujer es un objeto a consumir y hay que exhibir en el escaparate para vender. Se les enseña que las colas y las lolas, llenas de siliconas, son las que venden. Tanto que chicos y chicas hacen cualquier cosa para acceder a los implantes ya antes de los 15 años. Si no lucen con esos cuerpos artificiales aparentemente perfectos, no se sienten seguros ni aceptados socialmente. Este exhibicionismo patológico es el fiel espejo de nuestra sociedad enferma, tan enferma de antivalores que no deben llamar la atención el aumento alarmante de las chiquilinas embarazadas, el consumo excesivo de las drogas, los videos pornográficos de Galaverna, la prostitución en aumento, las fotos íntimas que circulan por las redes, las nenitas que se visten como mujeres fatales y el dinero del pueblo que se despilfarra en las fiestas escandalosas. Nada de esto puede sorprender cuando la sociedad ha perdido sus valores éticos y morales. Y no es cuestión de mojigatería o falsa moral, sino un punto que se debe analizar con profundidad; aunque se trate de espacios de simples entretenimientos, la cosa no es tan simple como parece.

Por Blanca Lila Gayoso