Lamentable aumento de la violencia contra mujeres y niños

El feminicidio de una adolescente de 17 años, violada, torturada y estrangulada, a lo cual debería de sumarse la despiadada actitud de un empleado de una funeraria, quien se hizo “selfies” con la fallecida, invita una vez más al creciente fenómeno de la violencia contra las mujeres.
Para combatir esta problemática social, tenemos que trabajar como sociedad en todos los ámbitos. Según la ministra de la Mujer, el nivel de violencia ha adquirido niveles tan alarmantes que incluso se extienden hacia otros miembros de una familia y, además, las estadísticas actuales son una elocuente muestra de ese avance: Hay casi un feminicidio por semana.
La violencia hacia las mujeres y niños no puede ser considerada ya “un tema que les interesa sólo a las revistas de mujeres y a la prensa amarilla”, como muchas veces hemos escuchado desde algunos sectores. Tampoco es una “cosa que le pasa a la gente marginal” porque, a pesar de que los casos ocurridos en sectores populares se visualizan con mayor amplitud, sabemos que existen muchísimos más casos que ocurren a diario en los ambientes sociales más elevados y que la mayoría de las veces son acallados por la influencia de los protagonistas y pocas veces llegan a judicializarse.
También es hora que los medios masivos de comunicación aprendamos a manejar el lenguaje adecuado para referirnos a este tipo de casos, cuando debemos informar, evitando revictimizar a quienes padecen este tipo de dramas y sobre todo, dejar de asumir posiciones poco claras ante los hechos.
¿Cuántas veces, ante un cruel asesinato de una mujer, sus hijos y otras personas de su entorno, a manos de un hombre que era o fue pareja, padre o persona cercana, los medios no nos apresuramos a hablar de “ataque de celos” o “no soportó el abandono” , cuando nos referimos a la supuesta razón por la que el victimario cometió el crimen?
Tal vez deberíamos aprender a dejar de lado las palabras que atemperan los hechos de violencia ante la sociedad y nos ponen en el triste papel de testigos silenciosos de hechos que deberían causarnos genuino rechazo. Dejémosle las justificaciones que hablan de supuestas enfermedades mentales repentinas de los autores, a los abogados defensores de los autores que suelen encontrar el camino adecuado para liberarlos de largas condenas.
La violencia intrafamiliar no sólo ofrece el doloroso espectáculo de mujeres con moretones en la cara y el cuerpo y la mirada perdida, sino daños muy difíciles de reparar en los hijos e hijas que son sometidos al castigo de criarse en un ambiente dañino y, a veces, causante de irreparables daños en la personalidad que les embargan el futuro.
Por ello, es hora de pensar con mayor responsabilidad desde el Estado en ese tema como un problema social de graves consecuencias y no en una “cuestión cultural” que no tiene mayor incidencia en lo que es importante para el desarrollo integral del país.
La violencia intrafamiliar es una cuestión seria y su solución es muy difícil, pero por eso no se puede soslayar la implementación de programas preventivos, que involucren a la sociedad toda, especialmente a la educación que reciben niños, niñas y adolescentes y en la sensibilización de las comunidades.

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